En
1403, la frontera con el Islam se veía muy cerca. Los otomanos presionaban
contra Constantinopla y ésta podía caer en cualquier momento. En España, el rey
Enrique III temía que si esto sucedía, una masa de soldados musulmanes,
animados por la victoria, llegaran a luchar para recuperar Al-Ándalus. Sólo un
poder mayor parecía poner freno al avance turco.
Desde
la profundidad de Asia, Tamerlán (1336-1405), el último gran conquistador de
las estepas, creaba un gran imperio en Asia Central y en sus campañas hacia el
oeste, destruía al ejército turco, capturando a su sultán Bayaceto I. Enrique
III vio en esto la oportunidad de crear una pinza que se enfrentara a los
otomanos desde 2 frentes. Para eso envió una embajada al frente de la cual puso
a Ruy González de Clavijo, junto a un dominico experto en lenguas llamado
Alfonso Páez de Santamaría. El viaje se inició desde el Puerto de Santa María
el 22 de mayo de 1403
La
embajada recorrió ciudades como Constantinopla, donde fueron recibidos por el
emperador Manuel II. Verán animales desconocidos y ciudades increíbles. Al
llegar a Samarcanda, se reunieron con Tamerlán, quien les colmó de favores. La
embajada pasó unos meses en Samarcanda viviendo con grandes honores. Llegaron a
estar presentes en el nombramiento de un nuevo khan. Tamerlán llegó a llamar a
un pueblo cercano a Samarcanda Madrid (hoy en día es un barrio de Samarcanda
donde se come un plato típico formado por garbanzos, cordero, verduras y arroz
que recuerda bastante al cocido madrileño).
La
alianza pudo llevarse a cabo, pero Tamerlán estaba con la mente puesta en su
campaña de conquista de China. Su salida hacia allí tuvo lugar mientras Clavijo
se preparaba para irse. Tamerlán morirá el 17 de febrero de 1405 de camino a
China. Tras su muerte se inició una lucha fraticida por el poder. La embajada
no logró sus objetivos y Clavijo y sus compañeros llegaban a Sanlucar de
Barrameda en 1406.
Sin
embargo, del viaje surgió un libro llamado “Emabajada a Tamerlán” que pasa por
ser uno de los libros de viajes más importantes de la Edad Media, comparable
con el Libro de las Maravillas de Marco Polo. De prosa clara, posee una
descripción muy minuciosa de los lugares por donde pasa y de los pueblos que
visita. Más allá de esto, la embajada es un logro importante desde el punto de
que un reino periférico como Castilla aspirara en ese momento a una alianza tan
importante. Hoy en día, una calle con el nombre de Ruy González de Clavijo, así
como el barrio Madrid, recuerdan en Samarcanda el viaje.
En
1956, el gobierno egipcio de Nasser, anuncia la construcción de una gran presa
a la altura de la 1ª catarata del Nilo. La consecuencia inmediata sería la
inundación de los numerosos monumentos egipcios de esa zona. De inmediato, la
UNESCO hizo una llamada a todas las naciones para llevar a cabo una colosal
misión de salvamento de estos monumentos. Numerosos países acudieron a la
llamada, entre ellos España. Fruto de esa ayuda fue la donación para España del
Templo de Debod.
La
historia de la presa había empezado mucho antes. Las sucesivas inundaciones del
Nilo, durante siglos, habían sido la fuente de su riqueza. Habían generado las
grandes cosechas de trigo que alimentaron a su pueblo, e incluso al pueblo
romano en época de dominio imperial. Pero con el paso de los siglos empezó a
suponer un problema. Las campañas con grandes inundaciones que echaban a perder
los cultivos se alternaban con las de sequía que ocasionaban el mismo
resultado. Se hacía necesario el crear una presa que limitase las inundaciones
o aumentase el caudal según la necesidad. Así, entre 1899 y 1902, se construyó
una primera presa, o presa baja. Esta debió de ser ampliada en varias ocasiones
sin llegar a una solución definitiva. Cuando en 1946 la presa casi se desborda,
se decidió hacer una nueva presa, unos kilómetros más arriba con unas
dimensiones mucho más grandes.
El
proyecto de la nueva presa de Asuán o presa alta comenzó en 1952, justo tras la
revolución de Nasser. Los EEUU se ofrecieron a financiar el proyecto con un
préstamo de 270 millones de dólares. Pero la ayuda fue retirada en 1956 y
Nasser se propuso seguir adelante con el proyecto con los ingresos procedentes
de la nacionalización del Canal de Suez. Sin embargo, la lucha entre EEUU y
URSS por la expansión de sus influencia sobre África en el seno de la Guerra
Fría, hizo que la URSS se involucrada en el proyecto, pagando hasta un tercio
del precio de la presa. Además de dinero, proveyeron de técnicos y maquinaria
pesada.
La
construcción comenzó en 1960, y se terminó el 21 de julio de 1970. La magnitud
del proyecto, haría inevitable que gran parte de los monumentos egipcios del
Alto Nilo quedasen anegados. Esto hizo que de inmediato, se realizara una
llamada por parte de la UNESCO para salvar los monumentos del Nilo. A la
llamada acudieron 50 países que aportaron a la campaña 26 millones de dólares,
así como diversos particulares, que donaron otros 7 millones. España aportó más
de medio millón de dólares. En agradecimiento, el gobierno de Gamal Abdel
Nasser, donó el templo de Debod a España.
En
España se creó el Comité Español, cuyo director fue el profesor y arqueólogo
español Martín Almagro Bash. Este equipo realizó varias excavaciones en templos
nubios de Egipto y Sudán. Sin embargo, no participaron en las obras del Templo
de Debod. Este templo fue salvado por el Servicio de Antigüedades de Egipto y
el equipo de la Misión Arqueológica Polaca. Estos catalogaron el templo y lo
desmontaron, llevándolo a la isla Elefantina en 1961. Allí permaneció hasta
1970, en que se trasladaron sus piezas a Alejandría. Desde allí, viajaron hasta
Valencia, donde llegaron el 18 de junio de ese mismo año. Desde Valencia, se
trasladaron a Madrid, donde se almacenaron el solar del Cuartel de la Montaña.
La
reconstrucción fue llevada a cabo por el equipo del arqueólogo Martín almagro
Bash. Pero fue una tarea difícil porque el Servicio de Antigüedades de Egipto
había dado escasa documentación para su montaje. Al final se realizó una
anastilosis (montaje de las piezas con relleno de piezas de diferente color
para completar la obra). La piedra de relleno se trajo de Villamayor, en
Salamanca (la misma piedra con la que se construyó la catedral de Salamanca)
Primero
se levantó una base de piedra para que los bloques de piedra no tuvieran
contacto con el suelo. Además, se rodeó la base con un estanque de poca
profundidad representando el Nilo, que era tan importante en el antiguo Egipto.
Además se instaló aire acondicionado para mantener la atmósfera seca de manera
constante.
La
apertura fue realizada el 18 de julio de 1972 por el alcalde de Madrid, Carlos
Arias Navarro. Desde el principio, el uso y la conservación del templo ha sido
causa de polémica. El edificio se ha usado para representaciones de cine de
verano y de teatro, anuncios publicitarios, etc. Además, se han dado diversos
actos de vandalismo. Por otro lado está el clima de Madrid, demasiado extremo y
húmedo para una construcción egipcia, dado que allí el clima es más estable y
seco. Por ello, tanto los sucesivos Congresos de Egiptología Ibérica que se han
ido celebrando, como la UNESCO, ha mostrado su alarma por la conservación del
edificio. De momento, salvo actuaciones puntuales y de poca envergadura, no se
acometido un proyecto de conservación definitivo.
Historia
del edificio
El
templo de Debod fue fundado alrededor del año 200 a.c. por el rey de Meroe (o
Kush) Adijalamani, y dedicado a los dioses Amón de Debod e Isis de Filé.
El
periodo de su construcción es ciertamente oscuro. En Egipto gobernaba la
dinastía ptolemaica de origen macedonio (fundada por Ptolomeo, general de
Alejandro Magno) desde Alejandría, representada por Ptolomeo IV Filopator. Sin
embargo, la inestabilidad política había hecho que se perdiera el control del
Alto Egipto, donde se había formado una nueva dinastía con sede en Tebas. Esto
fue aprovechado por los gobernantes del reino de Meroe (o Kush) para tomar el
control de la zona. De ahí que la fundación del templo sea obra de un rey de
Meroe. No obstante, con el tiempo, los ejércitos egipcios retomaron el control
del Alto Egipto (o Tebaida) en 185 a.c. y por lo tanto de la zona de Debod, y
fueran engrandeciendo el templo.
El
edificio original construido por Adijalamani, constaba de una capilla llamada
“capilla de los relieves” ó “capilla de Adijalamani”, donde se ven inscripciones
referidas a Amón y una escena ritual donde aparece escrito “el rey Adijalamani
ordena construir el monumento en honor a su padre Amón”.
Durante
la dominación ptolemaica, se fueron añadiendo nuevas dependencias. Tras la
batalla de Alejandría del año 30 a.c., Octavio Augusto, convertía a Egipto en
una posesión romana. Se favorece el culto a Isis en el templo y se establece un
destacamento militar en la zona. Las últimas ampliaciones del templo parecen
ser de época de la dinastía Antonina. En época de Diocleciano, se sufre la
presión de las tribus nómadas en la frontera, y poco después se inicia el
abandono de los campamentos de la frontera. Cuando Teodosio ordena el cierre de
todos los templos paganos salvo el de Filé, la zona de Nebod ya no está bajo
control romano.
Tras
esto, el recinto fue ocupado por diversas comunidades cristianas, musulmanas,
etc. El edificio fue recuperado cuando durante la campaña de Napoleón, se
realizó una catalogación de diversos edificios. Tras eso, la construcción de la
primera presa de Asuán, o presa baja entre 1899 y 1902, hizo que el templo
permaneciera bajo las aguas, 9 meses al año, lo que hizo desaparecer toda su
policromía y dañó la piedra. Finalmente, tendría lugar el proyecto de
salvamento de 1960 tras la construcción de la nueva presa de Asuán o presa
alta.
En la historia de la humanidad, es común que en momentos de horror, guerra y desesperación, surjan al mismo tiempo otros de heroicidad y sacrificio. Uno de esos momentos fue el de la actuación del Regimiento Alcántara en la Guerra del Rif.
La Guerra del Rif es un episodio clave en la historia reciente de España. Sin embargo, es de incómodo recuerdo. No está lleno de batallas heroicas, ni de brillantes victorias. Más bien, de derrotas, muertes y mandos corruptos e ineficientes. Sion embargo, también posee hechos reseñables en nuestra historia, como la aparición de la legión, cuya brillante actuación permitió consolidar las posiciones y salvar el territorio en buena medida. Y como no, la valerosa actuación del Regimiento Alcántara en la retirada de Annual.
Los antecedentes de la Guerra del Rif hay que buscarlos en la política colonialista de las potencias europeas. Éstas se habían repartido ya prácticamente todo el mundo. En África, franceses e ingleses tenían la mayor parte de la tarta. De hecho, Maruecos era el último país soberano independiente del norte de África. Era por tanto, un goloso caramelo para las potencias coloniales.
Francia poseía Argelia y por lo tanto estaba en buena posición para ocupar Marruecos. Sin embargo, Inglaterra veía con malos ojos que Francia pudiera controlar el paso del Estrecho de Gibraltar, por lo que presionó par que la zona norte de Marruecos fuera cedida a España. Al mismo, el Kaiser, Guillermo II de Alemania, quería tener su parte del pastel en África y aumentar su protagonismo en la escena internacional. La actuación diplomática se complicaba, cuando el Kaiser decide hacer una visita a Tetuán el 31 de marzo de 1905, en la que se presentó como adalid de la independencia de Marruecos. Lo enconado de la situación desembocó en la Conferencia de Algeciras del 16 de enero al 7 de abril de 1906.
En la Conferencia se acordó repartir Marruecos en dos zonas. La zona sur sería cedida a Francia y la norte a España. Ambas zonas serían administradas en régimen de protectorado. Esto suponía que, al menos en teoría, la soberanía seguiría siendo de las autoridades locales, quedando a las autoridades coloniales las funciones de ayuda, protección y asesoramiento a las mismas. En la práctica, la autoridad era de las potencias coloniales y las autoridades locales sólo mantenían la misma sobre asuntos religiosos o de poca entidad.
En realidad, la concesión del territorio del Protectorado Español de Marruecos, no era ninguna ganga para España. Aún estaba reciente el Desastre del 98, con la pérdida de las colonias de ultramar. La gente estaba cansada y ya habían muerto demasiados jóvenes lejos de casa. Además, España seguía siendo un país atrasado, que no se había industrializado. Con un porcentaje demasiado alto de analfabetos y con un peso en la economía del sector agrario demasiado alto. En este contexto, el dinero que hubiera hecho falta para meter a España entre las potencias industrializadas, se destinó a una guerra por el control de una tierra que no nos quería, con unos habitantes que iban a luchar por ella de un modo que, por aquel entonces, se subestimó, y que en su mayoría estaba formada por tierra pobre y sin recursos.
Con el inicio del protectorado se inició la presencia española. En unos casos, los jefes locales vieron con buenos ojos la presencia española como un mal menor necesario para modernizar Marruecos. En otros casos, se debió de avanzar palmo a palmo a base de lucha. Es el caso del sector occidental, donde el Desembarco de Larache de 1911 supuso la pacificación de la zona occidental en gran medida. En la región oriental, la colaboración de un jefe local hizo que se pudiera empezar a explotar las minas de hierro de la zona y a aumentar la presencia española. Sin embargo, pronto se inician las revueltas de los cabecillas locales, de momento desunidos. España responde con el envío de tropas y poco a poco van pacificando el protectorado. Para el año 1919, han sofocado la revuelta de la región de Yebala, dirigida por Ahmed al-Rausini, señor de Arcilla.
Sin embargo, la cosas están cambiando en el lado rifeño. En efecto, los jefes rifeños siempre han luchado desunidos y no suponían un gran poder. Pero, el hijo de un jefe local, líder de la tribu de los Ait Yusef, colaborador de los españoles, llamado Mohammed Abd Al-Karim Al-Jattabi, conocido en España como Abd El-Krim, conseguía unir bajo su mando a todas las tribus. Por el lado español, el 30 de enero de 1920 se nombraba Comandante General de Melilla al general Manuel Fernández Silvestre. El general Silvestre había llegado a Marruecos como enviado del rey Alfonso XIII, con el que le unía gran amistad. Sin embargo, en Marruecos, el general Dámaso Berenguer ya tenía el cargo de Alto Comisario Español de Marruecos, por lo que se creaba una bicefalia. Esto se solucionó enviando a Silvestre a Melilla, lejos de Berenguer. Silvestre desde el principio tuvo en mente tomar la Bahía de Alhucemas (hay quien dice que era el objetivo del rey al mandar a África a Silvestre). Sin embargo, Silvestre no tenía tropas suficientes, ni suficientemente dotadas. Además el terreno era escarpado y difícil de avituallar y defender. Aún así, Silvestre inicia las operaciones que poco a poco van profundizando en territorio rebelde. El 14 de octubre de 1920 se toma Xauen, una ciudad sagrada próxima a la frontera del protectorado francés. Sin embargo, la defensa de la ciudad es complicada porque está muy lejos y el terreno es difícil. Para hacerlo, se construyen cerca de 400 pequeños fuertes o blocaos en el camino a Tetuán. Sin embargo, estos fuertes se construyen en zonas altas, buenas para la vigilancia pero sin pozos de agua, por lo que ésta debe de ser llevada a bordo de mulas, que eran blanco fácil para los francotiradores rifeños.
La campaña prosigue y poco a poco se van tomando nuevas posiciones mientras se avanza en dirección a Alhucemas. Pero cada vez, el ejército está más desplegado y las posiciones más alejadas. Abd El-Krim lo sabe y pacientemente deja que los españoles se vallan metiendo en la trampa. Al fin, el 1 de junio de 1921, Silvestre da la orden de tomar el Monte Abarrán, última etapa antes de lanzarse contra Alhucemas. Sin embargo, tras la toma de la colina, se inicia el ataque rifeño. La policía indígena que acompaña a los españoles se pasa de bando y ataca a estos. Silvestre ve como la posición es atacada y las tropas españolas no son capaces de ayudar a los sitiados. Si bien no es una derrota importante, ésta hace ver a los españoles y sobre todo a su general, Silvestre, lo precario de su situación, aislados y demasiado lejos de Tetuán. Silvestre da la orden de tomar el Monte Igueriben, para defender el sur del campamento de Annual, donde están el resto de las tropas. Tras tomar la loma, se inicia el ataque rifeño.
Los españoles quedan aislados y deben rechazar numerosos ataques rifeños que van mermando su capacidad de resistencia. El agua se acaba y la munición empieza a escasear. Se realizan varios intentos de socorrer la posición pero son rechazados por los rifeños. Solo a fuerza de insistir y en un verdadero acto de arrojo y valentía, logra llegar un convoy protegido por la unidad del Capitán de Caballería Cebollino Von Linderman, que se hizo acreedor de la Cruz Laureada de San Fernando. Sin embargo, al poco vuelve a acabarse el agua y a escasear la munición. La situación es tan desesperada que deben beberse el líquido de las patatas estrujadas, el de las conservas de pimientos y al final, incluso colonia, tinta y orina mezclada con azúcar. Se realiza un último intento de socorrer a la unidad que fracasa. Silvestre ordena que pacten su rendición a los rifeños. Sin embargo, el Comandante Benítez, el oficial al mando español se niega e informa que les quedan 12 cargas de cañón, que las cuenten y que cuando oigan la última carga, disparen contra ellos porque la posición ya estará invadida por los soldados rifeños y estarán combatiendo cuerpo a cuerpo. Al amanecer del día 21 de julio, la lucha comienza y cuando se quedan sin munición, los españoles prenden fuego a lo que queda y comienzan a huir hacia el campamento de Annual, siendo masacrada a la puerta misma de la posición.
Sólo llegaron a Annual 25 supervivientes, de los cuales 16 murieron después de agotamiento o por beber demasiada agua. Por su heroica defensa de Igueriben, les fue concedida al Comandante Benítez y al Capitán de la Paz Orduña, la Cruz Laureada de San Fernando.
De inmediato, los rifeños se lanzan contra Annual. Al principio, Silvestre da la orden de resistir en la posición, pero en seguida se da cuenta de lo inútil de la orden y da orden de evacuación general el 22 de julio. Sin embargo, el no se irá. Aunque no se llegó a encontrar su cadáver, un soldado superviviente dijo haber visto al general entrar en su tienda y escuchar justo después un disparo. La evacuación se convierte en una huida sin orden a la desesperada, y en una carnicería.
En este momento comienza la actuación heroica del Regimiento de Caballería Alcántara. Las noticias del desastre habían llegado a la retaguardia y se decidió intentar proteger la retirada española. Se ordenó a un destacamento que se dirigiera a ocupar una posición que impedía que se cortara el paso de Izumar, en el camino de la evacuación, y al Regimiento Alcántara a proteger a esa unidad. Pero antes de que las dos unidades pudieran llegar a Izumar, se encontraron con una avalancha de soldados que huían en completo desorden y que eran tiroteados desde las alturas. En ese momento, en vez de huir, el Regimiento decidió proteger a sus compañeros. El Teniente Coronel Primo de Rivera, jefe de la unidad, reunió a sus oficiales y les dijo que era el momento de sacrificarse por la Patria.
Primero se calmó a los que huían y se les obligó a que marcharan entre la formación, sin rebasarla para protegerles del fuego enemigo con sus cuerpos. Al mismo tiempo, el Regimiento enviaba pequeños grupos a ocupar las cotas y desalojar a los enemigos, que evitaban el combate. Una vez pasó la columna de Annual, se siguió atacando al enemigo hasta se acabó con él hasta que llegaron a Ben Tieb, donde dejaron a los heridos que habían llevado sobre sus caballos con ellos.
Sin embargo, no solo el campamento de Annual había caído, sino que Abd El-Krim había atacado todas las posiciones españolas que había ido tomando el ejército de Silvestre en su avance y éste se estaba desmoronando completamente. El día 23 de julio, el general Navarro ordenó al Regimiento Alcántara que protegiera a las unidades que se retiraban. Así, el Regimiento debió dividirse para cubrir las retiradas de Ababda, Ain Kert, Azib de Midar, Cheif, Karra Midar y Tafersit. En total, menos de 700 jinetes debían cubrir la retirada de más de 5.000 compañeros que huían hasta la ciudad segura de Drius.
La primera columna que entró en combate fue la de Cheif. El Teniente Coronel Primo de Rivera salió con los Escuadrones al galope haciendo varias cargas, llegando al cuerpo a cuerpo y persiguiendo con fuego al enemigo para aniquilarlo o dispersarlo. La unidad sufrió muchas bajas, pero tanto ellos como la columna de Cheif, llegaron a Drius. Eran las 11 de la mañana.
A lo largo de la mañana, el Regimiento salió una y otra vez para proteger a las unidades que huían, sufriendo numerosas bajas, pero logrando que sus compañeros llegasen a Drius. Llegó la llamada de socorro de una columna que se había quedado atascada en el rio Igan, a causa de que tenía muchos vehículos que no podían cruzar el río. El Regimiento volvió a montar una vez más y acudió en su ayuda. Cuando llegaron, la imagen era dantesca, pues los rifeños habían masacrado la columna matando a los conductores de los vehículos, muchos de ellos ambulancias. El Regimiento realizó una nueva carga contra los rifeños en venganza matando a muchos de ellos pero sufriendo más bajas.
Cuando todas las columnas han llegado a Drius, el general Navarro da la orden de retirada general hacia la posición de El Batel. Primo de rivera sabe que fuera les espera todo el ejército rifeño. Reúne a sus oficiales y les dice…
… La situación como ustedes verán, es crítica. Ha llegado el momento de sacrificarse por la patria, cumpliendo la sagradísima misión de nuestra Arma. Que cada uno ocupe su puesto y cumpla con su deber…
La columna entonces abandona Drius y se dirige a El Batel hostigada por los rifeños en todo su recorrido. El Regimiento realiza una carga tras otra protegiendo los flancos y la retaguardia de la columna. Pero aún no había terminado su gesta. En el camino a El Batel, la columna debía atravesar el río Igan. Abd El-Krim sabía que allí la columna frenaría su avance al tener que vadear el río los hombres con su equipo, vehículos, etc. Allí preparó una emboscada a los españoles.
Cuando empezaron a atravesar el río, el general navarro ordenó al Regimiento que cargara contra el flanco izquierdo para permitir el paso del río. Primo de Rivera, sabedor de lo que les esperaba, reunió a jinetes y les dirigió las siguientes palabras…
… ¡Soldados¡ Ha llegado la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos…
Los restos del Regimiento se colocaron el formación combate, cargaron sus armas y se lanzaron con todas sus fuerzas contra el enemigo. Al llegar a las posiciones enemigas, fue imposible usar sus carabinas Mauser por falta de espacio y los jinetes debieron luchar con su sable. La lucha fue sangrienta y el Regimiento debió retirarse en varias ocasiones, pero solo para reagruparse y volver a cargar con más fuerza aún. Ante el agotamiento de los caballos, se llegó a combatir primero al paso, y después a tierra. En las últimas cargas, ante lo menguado de las fuerzas, hasta los oficiales veterinarios y los jovencísimos educandos de banda, se incorporaron y cayeron junto a sus compañeros. No sólo los rifeños no lograron hacer huir al Regimiento, sino que éstos terminaron por derrotar a los rifeños y hacerles huir. Sin embargo, la imagen era dantesca. De todo el Regimiento, el 80% había muerto y un 12% había sido capturado. Sin embargo, el horror no terminó allí. Los restos del Regimiento participaron en la defensa del Monte Arruit, posición a la que se retiraron los soldados supervivientes. Allí murieron también defendiendo a sus compañeros. Otros grupos del Regimiento que estaban destacados en otras posiciones antes del Desastre, participaron en la defensa se sus posiciones, siendo también derrotados. El último grupo del Regimiento, destinado en Melilla participó en su defensa, hasta que en septiembre comenzaron a llegar los refuerzos de la península. Para ese momento, formó dos escuadrones de sables y participó en la reconquista de las posiciones. Desde ese momento hasta la pacificación de 1926, el ejército español fue retomando las posiciones perdidas años atrás. Cuando llegaron al río Igan, pudieron encontrar los cadáveres de los jinetes del Alcántara. Aún estaban casi en formación de combate.
Tras su completa victoria sobre España, Abd El-Krim empezó a constituir lo que se llamó la República del Rif, pero cometió el error de ocupar posiciones francesas. Entonces se formó una coalición entre Miguel Primo de Rivera, dictador de España y Francia, auspiciada por Petain, que acabó con el sueño de Abd El-Krim y logró la pacificación de la zona por un tiempo.
Lo que había hecho el Regimiento de Caballería Alcántara era poner en evidencia la decadencia del sistema político español. Un sistema corrupto que había llevado a España a una guerra inútil e innecesaria para mantener un sueño colonialista que ya no podíamos mantener. Allí, en África, se creó un ejército duro, pero formado en su mayoría por soldados de remplazo sin experiencia ni formación, en muchos casos provenientes de zonas rurales que habían acudido a la guerra en el lugar de otro joven con dinero que le pagó para que fuera en su lugar. Y fueron enviados con pobre equipamiento. Silvestre, se demostró ser un general con poca capacidad de organización, que se metió en una ofensiva para la que no tenía suficientes soldados, ni organizó una logística adecuada, por su obsesión de tomar Alhucemas.
Al final, fueron un puñado de soldados con un sentido del deber más alto que el respeto de su propia vida, los que pusieran la luz a tanta oscuridad. Los soldados del Regimiento de Caballería Alcántara.
Tras su actuación en la campaña, se inició el trámite para la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando al Regimiento Alcántara, con el siguiente dictamen del juez instructor:
En virtud de estas actuaciones donde resplandece de forma brillante la conducta de este Regimiento de la que el clamor público y muy especialmente de los residentes en esta Plaza que vivieron y sufrieron aquellos días de angustia y que son los más fieles juzgadores de la actuación de este Cuerpo hizo ya sus galas juzgándolas sin pasiones como heroicas y definitivas en aquellos sucesos pasándolas a la historia para enaltecer y perdurar las glorias de España y su Ejército y el Arma de Caballería; el juez que tiene el honor de informar es de parecer que en pocos casos como el presente está tan claro el derecho a tan apreciada recompensa como el del Regimiento de Alcántara comprendido en el artículo 55 del vigente reglamento.
En
1302 zarpaban del puerto de Messina 39 galeras con 6500 almogávares, con
destino al imperio bizantino. Respondían a una llamada de auxilio del emperador
Andrónico II, que veía a los turcos a las puertas de Constantinopla y
necesitaba ayuda para alejarles. Era una llamada desesperada cuyas
consecuencias no tardarían en llegar.
Pero,
¿quiénes eran estos soldados tan temibles?. Los almogávares formaban parte de
las tropas de la Corona de Aragón. No suponían una parte importante, pero
tenían una efectividad letal. No se conoce su origen exacto pero existe ya una
referencia a ellos en los “Anales de Aragón” de Jerónimo Zurita que los sitúa
reforzando la fortaleza de El Castellar hacia 1105, durante el reinado de
Alfonso I de Aragón (1104-1134). Sin embargo, es durante el reinado de Jaime I
el Conquistador (1213-1276), cuando se empieza a utilizar este cuerpo de élite
en masa para las campañas de conquista.
Tampoco
son un ejército al uso. Duermen en bosques, pasan días sin comer, van al
combate sin armadura, casi a cuerpo descubierto … De ellos hace Bernat Desclot,
cronista catalán de la segunda mitad del siglo XIII, una buena descripción:
“Estas
gentes que llamamos almogávares … no viven sino de armas, y no están en
ciudades ni en villas, sino en montañas y en bosques, y guerrean todos los días
con sarracenos y entran dentro de la tierra de los sarracenos una jornada o
dos, robando … y traen muchos sarracenos presos … Y de estos viven, y sufren
grandes penurias que otros no podrían soportar; que bien pueden estar dos días
sin comer … o comerían de la hierba de los campos … y no llevan más que una
gonela o una camisa, sea verano o invierno, muy corta, y en las piernas unas
calzas muy estrechas de cuero y en los pies buenas sandalias de cuero; y llevan
buen cuchillo … y lleva cada uno una buena lanza, y dos dardos y un zurrón de
cuero a la espalda en el que llevan pan para dos o tres días. Y son fuertes y
ligeros para huir o para perseguir; y son catalanes, y aragoneses y serranos”
En
efecto, cada almogavar llevaba un par de lanzas cortas llamadas azconas, un
cuchillo largo llamado coltell y a veces un pequeño escudo redondo. Vestían
sólo con un camisón corto, un grueso cinturón de cuero y unas albarcas. Además,
llevaban una piedra de fuego que golpeaban contra sus armas creando un ruido
ensordecedor, lo que aterrorizaba a sus enemigos. Cuando el ruido era
ensordecedor, empezaban a gritar “¡Desperta ferro! Matem, matem”, “Aragón”. Al
ver este espectáculo, a sus enemigos, se les helaba la sangre, pues sabían cual
era su destino. Y era así, porque los almogávares no hacían prisioneros,
mataban por regla general a todos los varones mayores de 10 años, que era la
edad a la que ellos consideraban que se podía empuñar un arma.
Estas
unidades tuvieron una gran actividad en la reconquista, especializándose en
incursiones de 1 ó 2 días en territorio musulmán. Sin embargo, en 1245, el
avance aragonés llega hasta el río Segura, que situaba la frontera con la
corona de Castilla, cuyas tropas ya había llegado allí. Había que buscar una nueva
ocupación para unos hombres que no sabían hacer otra cosa que combatir.
La
oportunidad llegó en Sicilia en 1282. Allí, reinaba Carlos de Anjou con el
apoyo del papa, tras haber arrebatado el trono a Manfredo, hijo del emperador
Federico II en la batalla de Benevento. Carlos gobernó de forma despótica y
agresiva, despojando a gran parte de los nobles sicilianos de sus tierras y
aplicando una fuerte presión fiscal. Además se llevó la capital desde Palermo a
Nápoles y llenó el reino de funcionarios franceses. La oposición siciliana a
Carlos se agrupó entorno a la corte de Jaime I de Aragón y de su hijo, Pedro,
casado con Constanza de Hohenstaufen, hija de Manfredo y nieta de Federico II.
De esta forma, Pedro podía reclamar el trono de Sicilia alegando los derechos
de su mujer, cuando llegara el momento. Éste llegó el 30 de marzo de 1282,
cuando las campanas de Palermo llamaban al oficio de vísperas. Entonces estalló
una rebelión general en toda la isla contra los franceses que acabó con una
gran matanza y la expulsión de éstos de la isla. Entonces los sicilianos
llamaron a Pedro III solicitándole ayuda. Las tropas aragonesas desembarcaron
en Sicilia y se inició una guerra que culminó en 1302 con la firma del Tratado
de Caltabellotta, que cedía la isla de Sicilia a Federico II (1272-1337), hijo
de Pedro III (muerto) y hermano de Jaime II de Aragón (1267-1327). Asimismo, se
obligaba a que se devolvieran las tierras ocupadas en Italia continental por
los almogávares. Otro de los puntos del tratado era la obligatoria
desmantelación de las compañías de almogávares. Tanto era el miedo que causaban
estas compañías que su desaparición fue condición impuesta para la firma del
tratado
La
paz había llegado a la zona los almogávares se quedaban sin ocupación. Sin
embargo, ésta no tardó en llegar. En Oriente, llegaban aires de guerra. El
ocaso del antaño poderoso Imperio Bizantino se acentuaba, y los otomanos
estaban llamando a las puertas de Constantinopla con intención de dar el salto
a Europa. El Emperador, Andrónico II Paleólogo (1282-1328), en un intento
desesperado por salvar los restos del Imperio, llamó a los almogávares en su
auxilio. Estos formaron la Gran Compañía Catalana, al frente de la cual se
situó Roger de Flor y emprendieron el viaje a Constantinopla.
Las
cifras no están claras, pero podemos dar por válidas las de 39 galeras con 6500
almogávares. La Gran Compañía llegó a Constantinopla en enero de 1303 y fue
recibida por el Emperador con gran esperanza e inmediatamente Roger de Flor fue
casado con María Asanina, hija del zar de Bulgaria y de una hermana del
Emperador, por tanto sobrina de éste (esta era una condición de Roger de Flor
para aceptar la misión) y fue nombrado Megaduque del Imperio.
Los
conflictos se iniciaron al poco de la llegada de los almogávares. Sobre todo
los roces fueron con los genoveses, que hasta ese momento mantenían el
mediterráneo oriental y el mismo Imperio como su zona de influencia. El
conflicto se resolvió una noche en que se enfrentaron los almogávares con los
genoveses y en la que murieron 3.000 genoveses. Sin embargo, lo serio empezó
pronto.
La
derrota bizantina en la batalla de Bafea (27 de julio de 1302), había dejado
sin defensas la región de Nicomedia, a las puertas de Constantinopla. El
Emperador ordenó a las tropas catalanas que marcharan inmediatamente a la
defensa de las posesiones bizantinas de Anatolia. Los almogávares llegaron a
Anatolia en octubre de 1303 y a los pocos días se lanzaron al asalto de las
tropas otomanas en la Batalla del Rio Cízico. Aquello fue una carnicería. Los
almogávares mataron a todos los varones mayores de 10 años, 3.000 caballeros y
10.000 infantes. Eso solo era un aviso. Uno tras otro, fueron masacrando todos
los ejércitos otomanos que fueron lanzados contra ellos. En la toma de la
ciudad de Germe, los otomanos huyeron al ver acercarse a los catalanes, pero
éstos les siguieron y les masacraron. Ante el avance catalán, los otomanos
organizan un gran ejército para frenarles frente a Filadelfia. Sin embargo, en
lo que se llamó la batalla de Aulax, los almogávares destrozan al ejército
otomano, muy superior en número, escapando sólo 500 infantes y 1.000 caballeros.
Roger de Flor entra triunfante en Filadelfia. Loas siguientes semanas las pasó
recuperando varias fortalezas de la zona para asegurar la defensa de
Filadelfia.
El
siguiente objetivo de los almogávares fue la ocupación de las provincias
marítimas de Anatolia, ocupadas desde hacia años por los otomanos. Las tropas
catalanas establecen la ciudad de Magnesia (sede de la única provincia
bizantina que quedaba en Anatolia) como cuartel general, llevando allí su botín
de guerra. La estancia de éstos en Magnesia y sus desmanes, así como la actitud
de Roger de Flor, que empieza a comportarse como un gobernador, despiertan las
iras de buena parte de los griegos. El prefecto griego de la provincia de
Magnesia, Nostongo Ducas, viajó a Constantinopla a presentar quejas de los
catalanes ante el Emperador. Esto causó una gran consternación en la corte
bizantina, pero e momento los almogávares eran necesarios.
Mientras,
la guerra seguía en Anatolia. Los otomanos habían formado un nuevo ejército con
los restos de la batalla de Aulax y tropas de refresco y estaban atacando la
ciudad de Tira. Los almogávares marcharon a gran velocidad y entraron en la
ciudad por la noche sin ser vistos. A la mañana siguiente, los otomanos, que
solo esperaban la resistencia de unos pocos griegos, atacaron la ciudad. Sin
embargo, 2.000 almogávares se lanzaron de manera salvaje contra los turcos que
en escaso tiempo fueron masacrados. Los restos huyeron a las montañas, donde
fueron perseguidos por los almogávares. Únicamente, la muerte del capitán
almogávar Corberán de Alet, hizo que éstos desistieran y volvieran a Tira,
permitiendo huir a unos pocos turcos.
En
el transcurso de esta campaña, llegaron refuerzos a las órdenes de Bernat de
Rocafort, con 200 caballeros y 1.000 almogávares más. Ante los almogávares se
abría un problema. No existían tropas capaces de derrotarles en Anatolia, pero
no tenían tropas suficientes para defender todo el territorio. Necesitaban una
victoria definitiva que expulsase a los otomanos de Anatolia.
La
oportunidad llegó el 15 de agosto de 1304 junto a las Puertas Cilicias, en las
faldas del Tauro, frontera natural de Anatolia. Allí, los otomanos habían
formado un ejército de 20.000 infantes y 10.000 caballeros. Eran los restos del
repliegue otomano de Anatolia. Sin embargo, en la persecución de los otomanos,
los almogávares se habían internado en profundidad en territorio otomano. Si
vencían, no habría más batallas; pero si eran derrotados, estaban demasiado
lejos como para ser rescatados. Era vencer o morir. Para lograrlo, Roger de
Flor sólo contaba con 6.000 almogávares. Al amanecer, se inició la Batalla del
Monte Tauro, la caballería catalana se lanzó contra los turcos. Éstos lograron
repeler el ataque y empezaron a avanzar. Las siguientes horas, la superioridad
turca se fue imponiendo, los catalanes parecían a punto de ser derrotados en la
última batalla. De pronto lanzaron de nuevo su grito de guerra “Aragó, Aragó
¡¡¡¡¡¡¡¡¡”. Apretaron los dientes y se lanzaron en una última carga con todas
sus fuerzas. Los turcos empezaron a retroceder. Se fueron abriendo brechas en
la formación otomana. De pronto, éstos empezaron a huir en desbandada. Los
almogávares se lanzaron en su persecución y sólo terminaron al caer la noche.
Roger de Flor hizo un recuento. En el campo de batalla había 6.000 caballeros y
12.000 infantes turcos muertos. Los catalanes pasaron la noche despiertos con
las armas en la mano esperando la contraofensiva turca… pero esta no llegó.
Los
almogávares pidieron a gritos a sus capitanes seguir con la campaña más allá
del Taurus, hasta el corazón del Imperio Otomano. Pero era muy peligroso pues
no conocían el terreno y era alargar demasiado las líneas de abastecimiento.
Los capitanes decidieron regresar a Constantinopla. Lo que no sabían es que en
la capital, se empezaba a ver como un problema el poder alcanzado por los
almogávares en el Imperio.
A
su vuelta a Constantinopla, sus servicios fueron agradecidos por el Emperador.
Bizancio era de nuevo dueña de Anatolia, pero el poder de estos almogávares
preocupaba en algunos sectores de la corte. Allí, se estaba gestando una
conspiración para acabar con ella.
El
30 de abril de 1305, los almogávares fueron invitados una cena organizada por
el propio emperador. Miguel IX Paleólogo, hijo del Emperador y coemperador,
había dado órdenes a un contingente alano para asesinar durante la cena a los
principales líderes almogávares, entre ellos a su lider Roger de Flor. No sólo
eso, sino que por todo el país se desencadenó una persecución de los
almogávares. Éstos se refugiaron y se hicieron fuertes en Galípoli, donde
resistieron los ataques bizantinos. Los bizantinos que temen el envío de
refuerzos desde Sicilia o Aragón, reúnen el mayor número de tropas posible para
derrotar de una vez por todas. Los almogávares, cuyo espía les ha avisado de la
reunión de tropas, salen a su encuentro y en la Batalla de Apros en junio de
1305. No están claras las cifras de soldados, pero parece que unos 3.000
almogávares derrotaron completamente a unos 40.000 bizantinos. Tras esa
batalla, no quedaban ejércitos bizantinos capaces de enfrentarse a los
almogávares. Enterados los almogávares de que 9.000 mercenarios alanos (los
mismos que habían asesinado a sus líderes, entre ellos a Roger de Flor),
volvían a sus casas, fueron en su busca hacia las montañas y les alcanzaron,
matando a 8.700, y quedándose con sus mujeres. Tras eso se hicieron dueños de
Tracia y Macedonia y durante 2 años devastaron el territorio bizantino en lo
que se llamó la Venganza Catalana.
Pese
a las victorias y la devastación, los almogávares no tenían un objetivo claro y
en 1310, ofrecen sus servicios a Walter V de Brienne, Duque de Atenas (el
ducado de Atenas era uno de los restos de de las conquistas europeas en tierras
bizantinas en la IV Cruzada (1202-1204)) para defenderse de las incursiones en
su territorio. En menos de un año, los almogávares junto a las fuerzas
atenienses limpian el territorio de enemigos y pacifican la zona. Pero al verse
fuerte, el duque decide no pagar a los almogávares y exterminarles. Estos se
organizan y derrotan completamente al duque en la batalla de Halmyros, el 15 de
marzo de 1311, donde muere el propio duque. En las siguientes semanas, se
dedican a conquistar una tras otra todas las fortalezas del ducado para
consolidar su control sobre el mismo, más aún, anexionan Tebas y la Tesalia, lo
que convierten en el Ducado de Neopatria. Estas dos posesiones las ponen bajo
la soberanía de la Corona de Aragón.
Poco
a poco, los almogávares fueron haciéndose sedentarios y fueron perdiendo su
fiereza. No obstante pudieron mantener el control sobre sus condados hasta su
derrota a manos de la compañía Navarra en 1388-1390.
Hoy
en día, los hechos y los efectos de los almogávares y sobre todo de su aventura
en Bizancio no están de actualidad. Pero no hay que olvidar que hace 700 años,
un puñado de hombres de todos los rincones de la Corona de Aragón, derrotaron
no sólo a todas las tropas que el poderoso Imperio Otomano fue capaz de lanzar
contra ellos, sino a los ejércitos que el Imperio Bizantino organizó para
exterminarles. Sólo el tiempo fue capaz de acabar con el mejor cuerpo de ejército
de su época.
En
1713, el Tratado de Utrecht ponía fin a la guerra de sucesión española,
confirmando en el trono español a Felipe de Anjou, como Felipe V. Esto suponía
la derrota de las aspiraciones inglesas y holandesas que querían colocar en el
trono al aspirante austriaco, el archiduque Carlos. Sin embargo, esto no supuso
el fin de los enfrentamientos entre España e Inglaterra. De hecho, los
corsarios ingleses seguían hostigando las costas americanas, lo que suponía un
problema para las posesiones españolas allí. En este marco tuvo lugar una de
las mayores humillaciones militares en la historia de Gran Bretaña a manos del
almirante Blas de Lezo.
Blas
de Lezo y Olavarrieta (1689-1741) fue uno de los mayores estrategas de la
historia militar española. Tras haber servido valerosamente durante toda la
guerra de sucesión y después en numerosas campañas tanto en América como en el
Mediterráneo, había atesorado un sinfín de victorias, pero también había
perdido un ojo, un antebrazo y una pierna, de ahí su apodo de mediohombre.
En
1737, fue nombrado comandante general de Cartagena de Indias. En 1741, la
corona inglesa formó una flota con la intención de conquistar Cartagena, llave
del Caribe, y de ahí realizar una conquista en cadena de todas las posesiones
españolas. Para ello se formó una flota con 186 barcos con 2.000 cañones,
23.600 hombres y 4.000 reclutas de Virginia. Era la flota más grande jamás
formada, con 60 barcos más que la Armada Invencible de Felipe II. Para defender
la plaza, Blas de Lezo, contaba con 6 barcos, 3.000 hombres entre tropa
regular, tripulación de los 6 barcos, y 600 indios traídos del interior. Los
ingleses estaban tan convencidos de la victoria que emitieron monedas y
medallas en su honor. Tras la derrota, el rey inglés, Jorge II, prohibió hablar
o escribir sobre ello. Tras su victoria, Blas de Lezo dijo:
…Para
venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra
mayor, porque ésta solo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres,
lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir…
En
su honor, la armada posee siempre un barco en servicio con su nombre.
Actualmente es una fragata de la clase Álvaro de Bazán. Hay una placa en su
honor en el Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando (Cádiz). Hay calles en
su honor en Madrid, Alicante, gran Canaria, Cartagena de Indias, etc. hay una
estatua suya frente al baluarte de San Felipe. Así como numerosos homenajes
más.
El
20 de diciembre de 1614 llegaba a las costas españolas el samurai al frente de
lo que se llamó la Embajada Keicho. Tenía como misión establecer relaciones
diplomáticas con España. La embajada no tuvo éxito, pero sus huellas aún son
visibles en los descendientes de los japoneses que se quedaron en Coria del
Río. El apellido Japón es su símbolo.
En
el siglo XVII, España es la potencia hegemónica en el mundo. Los barcos
españoles navegan por el “lago español” (Océano Pacífico), desde las Islas
Filipinas hasta el Virreinato de Nueva España (México). Los misioneros
españoles expanden el cristianismo por China y Japón, pero deben enfrentarse
con portugueses y holandeses, que pretenden hacerse con el comercio de Japón y
dejar fuera a los españoles.
En
1609, un galeón español naufraga frente a las costas japonesas. Sus tripulantes
son recogidos y atendidos, y su capitán Rodrigo de Vivero, se reunión con
Tokugawa Ieasu (el shogun de ese momento, cargo equivalente a primer ministro).
Por este encuentro, se autorizó a los españoles a establecer una fábrica al
estilo occidental en Japón, se daba permiso a los barcos españoles a atracar en
territorio japonés en caso necesario, y se acordó el envío de una misión
diplomática a España.
La
misión diplomática fue enviada al virreinato de Nueva España al mando del monje
franciscano Luis Sotelo, misionero franciscano que realizaba su trabajo en
Japón. El virrey decidió responder con otra embajada a Japón al mando del
explorador Sebastián Vizcaíno. Éste naufragó con su barco mientras exploraba
las islas cercanas a Japón. El shogun Tokugawa decidió construir un nuevo
galeón para enviar a Vizcaíno de vuelta a Nueva España junto a una delegación
japonesa. Para organizar la delegación, nombró al daimyo (gobernador) de
Sendai, Date Masamune, quien nombró a Hasekura Tsunenaga al frente de la misma.
La misión, tenía como misión establecer lazos diplomáticos y comerciales con la
corona española. Sin embargo, no escapa a nadie que también perseguía el lograr
la transferencia de tecnología militar española, en un momento en que Japón
buscaba la consolidación del poder central frente a los nobles feudales.
El
galeón, al que se llamó San Juan Bautista, llegó a Acapulco, en Nueva España,
el 25 de enero de 1614, tras 3 meses de travesía. Tras establecerse por un
tiempo allí, se dirigió a Veracruz, desde donde partió hacia España el 10 de
junio del mismo año, tras hacer escala en La Habana (fueron los primeros
japoneses que pisaron tierra cubana). Llegaron a España el 20 de diciembre de
1614. Tras reunirse con Felipe III, éste les dio buenas palabras e incluso
financió el viaje de la delegación a Roma a visitar al Papa. En el transcurso
de este viaje por mar, un temporal hizo que tuvieran que desembarcar en
Francia, suponiendo el primer contacto de Japón con Francia. En Roma, Hasekura
Tsunenaga fue nombrado ciudadano honorario. Tras una estancia allí, la misión
volvió a España con intención de firmar los tratados anhelados.
Sin
embargo, en España, las noticias que llegaban de la Capitanía de Filipinas
sobre la situación de Japón eran confusas. Además se había promulgado un edicto
en 1614 ordenando la expulsión de los misioneros de Japón. Por otro lado,
crecía en la corte española el temor a entregar tecnología militar a un país
fuertemente militarizado y con actitud guerrera como el japonés, en aguas del
pacífico, con posesiones españolas tan importantes.
Cuando
la delegación japonesa volvió a España, Felipe III declinó firmar los tratados
y los japoneses iniciaron el camino de regreso a Japón. La ruta seguida pasaba
por Coria del Río para embarcar hacia América. Allí, en Coria del Río, varios
miembros de la delegación decidieron quedarse a vivir. Por un lado, para
ahorrarse el largo viaje de vuelta, y por otro lado, para evitar la posible
represión en Japón a causa de su cristianismo en un momento en que Japón
iniciaba el aislamiento exterior que llegaría hasta el siglo XIX. El legado de
estos japoneses que se quedaron en España se aprecia en el apellido Japón que
aun llevan sus descendientes. Pero también en la Asociación Hispano-Japonesa,
bajo la presidencia honorífica del Príncipe de Asturias y del Príncipe heredero
de Japón.