Cuando Cuando en 1861 estalló la Guerra Civil Americana, nada parecía suponer que ésta sería tan larga y costosa. El norte, más industrial y mucho más poblado parecía en principio muy superior a un sur más rural y menos poblado, que además, se negaba a liberar a los esclavos, con lo que el ejército estaba únicamente surtido de sus jóvenes, mientras que en el norte, sus tropas se iban nutriendo además de sus esclavos y de los que se escapaban del sur.
Sin
embargo, los sureños contaban con militares muy brillantes, entre los que se
encontraba el general Robert E. Lee, licenciado en West Point. Éste tomó el
mando de los ejércitos del Sur y fue sucesivamente logrando una victoria tras
otra contra las tropas del norte, hasta desarrollar una especie de halo de invencibilidad.
En 1863, la guerra parecía
estancada. El ejército norteño combatía en los estados del Sur sin mucho éxito.
Lee sabía que sus tropas eran inferiores y no quería adentrarse en el Norte y
arriesgarse a sufrir pérdidas excesivas que no podría reponer. Sin embargo, el
25 de enero de 1863, el general Hooker tomó el mando del Ejército del Potomac y
junto con el presidente Lincoln, elaboró un plan que pretendía dividir el
ejército confederado en dos. Para ello, adentró a su ejército en el Sur tras las
tropas de Lee y el 29 de abril de 1863 cayó por sorpresa contra su retaguardia.
Pero Lee se dio la vuelta y contraatacó, logrando una nueva victoria. Parecía
que nadie podía derrotarle.
Llegados a ese momento, Lee
tenía que decidir que hacer con su ejército. Longstreet, uno de sus generales
más brillantes, sugiere desplazar a su ejército hacia el oeste para derrotar al
general Rosecrans y liberar la presión que ejerce el general Grant, uno de los
pocos generales norteños que aún logra victorias frente a los sureños. Pero Lee
no está de acuerdo. Le da miedo desplazar a su ejército y dejar inerme el
Estado de Virginia, su Estado natal, y capital de la Confederación, además de
dudar de la posibilidad de desplazar su ejército al oeste. Además estaba el
aspecto político. En el Norte, existía el “Partido de la Paz”, que abogaba por
firmar la paz con el Sur y reconocer su independencia. Para el año 1863, además
la opinión pública norteña empezaba a tambalearse en su apoyo a la guerra que
parecía no acabar. En el Sur, tomaba fuerza la idea de que si Lee lograba una
nueva victoria tan contundente como las anteriores contra el ejército de la
Unión, esta se desmoronaría y se lograría la paz.
Todo eso hizo que Lee tomara la decisión, muy
criticada más adelante, de cruzar con su ejército la frontera y entrar en
Pensilvania en busca de la victoria definitiva.
Mientras,
en el Norte, el general Hooker, decidió avanzar sobre Virginia y tomar
Richmond, la capital confederada (lo que tanto temía Lee). Pero el general
Lincoln, rechazó la idea y ordenó a Hooker, que buscara a Lee y le derrotara.
Para Lincoln, además era importante derrotar a Lee, porque no podía permitirse
una derrota de su ejército en suelo de la Unión. Hooker no tardó en encontrar a
Lee, pero le daba pavor enfrentarse a él, y el 28 de junio, cursó su dimisión.
Su puesto lo ocupó el general Meade, que curiosamente, había nacido en Cádiz.
En esos primeros días, los
movimientos de los dos generales buscaron no enfrentarse al otro hasta conocer
bien sus planes. Meade envió a la caballería de Buford a inspeccionar a través
de la localidad de Gettysburg, con tan mala suerte de que en ese momento, una
brigada confederada se encontraba en el pueblo buscando una fábrica de botas,
para llevarlas a sus tropas, que estaban algo escasas de ellas. Buford sabía
que no debía enfrentarse a ellos, pero pensó que si dejaba que los sureños
tomaran esa posición, luego sería complicado sacarles de allí, y el 30 de
junio, se afianzó en la posición y abrió fuego. Lo que siguió es que los dos
bandos fueron enviando refuerzos a la zona hasta convertir la zona en el campo
de batalla en una situación que ninguno había previsto.
La batalla se convirtió en la más importante de la guerra y un
punto de inflexión en ella. Una carnicería en la que ningún bando parecía
lograr la victoria final. Durante 3 día las operaciones se sucedieron y Lee no
lograba hacer prevalecer su capacidad estratégica.
Finalmente, el día 3 llegaron refuerzos confederados al mando
del general Pickett. Tropas frescas con las que Lee pensó lanzar una carga
final que desbaratara las líneas norteñas y le diera la victoria. Lee estudió
con mucho cuidado el campo de batalla y centro su atención en la parte más baja
de la pendiente. Debía hacer converger a sus hombres en un punto en el que
había un grupo de árboles. Desde allí, sus tropas se lanzarían contra la línea
de la Unión. Una vez perforada la línea federal, el resto del ejército seguiría
la acción, desbaratando al ejército de la Unión. Pero Lee sabía que para eso,
sus tropas deberían cruzar una extensión a campo abierto de una milla, por lo
que primero debería destrozar con su artillería las defensas enemigas.
Una vez preparado su plan, Lee cabalgó a reunirse con Longstreet
para comentar con el el plan. Éste dudó del mismo pero mandó una unidad a
inspeccionar el campo, tras lo que recomendó a Lee establecer una posición
defensiva y esperar a que los unionistas les atacaran, pero Lee no le hizo caso
y empezó la organización de las unidades para el ataque. Las divisiones de
Pickett, Pender y Pettigrew atacarían a la señal ordenada. Longstreet no
resistió más y dijo:
“General, he sido soldado toda mi vida. He estado con soldados
en combate en parejas, pelotones, compañías, regimientos, divisiones y
ejércitos, y debería saber, al igual que cualquiera, lo que los soldados hacen.
Es mi opinión que ningunos quince mil hombres alguna vez organizados para un
combate, jamás tomarían esa posición”
Pero Lee no respondió y Longstreet debió obedecer la orden e
iniciar los preparativos para la carga.
En el otro lado del campo, el Mayor General Henry Jackson Hunt,
a cargo de la artillería de la Unión, preparaba sus baterías. La noche anterior
habían sido sustituidas las dañadas y preparada su munición. A si que estaban
preparadas para la lucha sus 118 cañones. Hunt podía ver con sus prismáticos
los movimientos de la artillería confederada dirigida por el Coronel Edward
Porter Alexander y sabía que pronto se produciría un ataque, que sería
precedido de un bombardeo masivo. Hunt ordenó a sus artilleros que no hicieran
caso a la artillería sureña y que esperaran a la carga de infantería para
destrozarla con sus cañones.
A las 11:45, Longstreet envió un mensaje a Alexander ordenándole
que comunicara al general Pickett el momento en que sintiera que las defensas
norteñas habían cedido para iniciar la carga, de lo contrario, era mejor no
ordenar el ataque. Y entonces, inició el bombardeo con sus 160 cañones.
La sorpresa fue completa y los daños al principio importantes,
llenando el campo de una nube de humo. Pero en seguida pudieron observar que
los proyectiles iban muy elevados, cayendo tras la línea del frente y las
defensas apenas eran dañadas. El general Hancock, sobre su caballo, arengaba a
sus soldados preparándoles para la batalla. Uno de sus subordinados le advirtió
que su general no debía arriesgarse así, a lo que el general respondió:
“Hay momentos en los cuales la vida de un Comandante no cuenta”
Mientras, en el lado confederado, Alexander observa con sus prismáticos los acontecimientos y opina que el momento ha llegado. Envía un mensaje a Pickett:
“Si de verdad van a venir, vengan de una vez, o si no no podré
darles el apoyo adecuado, pero el fuego enemigo no ha amainado. Por lo menos
dieciocho cañones están aún disparando desde el mismo cementerio (Cementery
Hill era el nombre del campo de batalla)”
Pickett corrió a preguntarle a Longstreet por las órdenes. Éste
escribió en sus memorias:
“Pickett dijo:”General , ¿debo avanzar?”. El esfuerzo por decir
la orden falló, y solamente la pude indicar por un gesto afirmativo”
Las
tropas confederadas salieron de sus posiciones y se prepararon para la carga.
La visión desde el campo norteño la describió el teniente Frank A. Haskell:
“Ninguno en esa cima hacía falta que se le dijera que el enemigo
estaba avanzando. Cualquiera podía ver sus legiones, !una marea irresistible y
aplastante de un océano de hombres armados sobre nosotros! Regimiento tras
regimiento, brigada tras brigada, salían de los bosques y rápidamente se
colocaban en línea para tomar sus posiciones para el asalto. La orgullosa
división de Pickett, con algunas tropas adicionales, ocupó el ala derecha, la
de Pettigrew, la izquierda. La primera línea era seguida, por un corto
intervalo, de una segunda, y ésta de una tercera, y las columnas entremedio,
apoyaban a las líneas. Su frente se extiende por más de una milla: más de mil
yardas las masas de gris-opaco se despliegan, hombre contra hombre, tropa tras
ropa, y línea apoyando a línea. Las rojas banderas ondean, sus jinetes galopan
de arriba a abajo; las armas de dieciocho mil hombres, cañones de fusil y
bayonetas, brillan al sol, un bosque en pendiente de acero brillante”
Nada más iniciar la carga, los cañones unionista destrozaron sus
filas, pero Pickett se lanzó a la carga. Las tropas avanzaron en una columna,
que era un blanco fácil para los mosquetes de los soldados de la Unión. Los
soldados seguían avanzando rodeados de explosiones. En muchos casos avanzaban
ya sin oficiales que les guiaran.
Las tropas estaban ya cerca del grupo de árboles que era el
punto de encuentro para asaltar la línea enemiga. El general Pettigrew fue
herido y su unidad aplastada. La de Pender no siguió mejor suerte, siendo éste
herido y capturado. Mientras la de Pickett seguía avanzando y llegaron hasta la
línea enemiga con el general Lewis Armistead al frente. Armistead saltó el muro
y atacaron, pero fueron heridos y capturados.
La carga había acabado. De los 13.000 hombres que iniciaron la
carga, sólo la mitad volvió a sus líneas. Unos días más tarde, en una carta a
su prometida, Pickett escribía:
“Ya todo terminó. Muchos de nosotros están prisioneros, otros
muertos, muchos heridos, sangrando y moribundos. Tu soldado vive y se lamenta,
pero a no ser por ti, mi amor, preferiría estar con sus muertos, para dormir
para siempre en una tumba desconocida”.
La
carga de Pickett fue un completo fracaso. Aunque Lee siguió en el campo de
batalla hasta el día siguiente para dar la impresión de que no había sido
derrotado, lo cierto es que había sufrido 25.000 bajas de un ejército de 75.000
hombres, un resultado que solo podía calificarse como un completo fracaso

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